El eterno enamorado
Bajo la sombra fresca de los guaduales y el murmullo
constante de los grillos, vivía en la vereda un hombre al que todos llamaban el
Eterno Enamorado. Nadie parecía recordar su nombre verdadero; tal vez lo
tuvo alguna vez, pero el viento del campo se lo llevó junto con sus suspiros.
Cada tarde, cuando el sol se iba poniendo colorado sobre los
cafetales, él se acomodaba a la orilla del camino polvoriento. Vestía siempre
su pantalón andrajoso color azul, la camisa roja de manga larga arremangada
hasta los codos y un sombrero viejo que le hacía sombra bajo el mundo sol. En
el pecho, la tela gastada llevaba letras casi borradas por el tiempo, como si
también ellas se hubieran cansado de esperar.
Se bebía unos tragos de aguardiente con parsimonia, mirando
el sendero por donde pasaban las lindas jovencitas campesinas con sus canastos
y sus trenzas negras. Pero nunca fue hombre de palabra atrevida ni de mano
imprudente. Solo miraba con ternura, se acomodaba el sombrero y, cuando el
licor le aflojaba el alma, entonaba versos de amor que parecían nacidos del
mismo monte:
—“Ay, si tu sombra me siguiera
como la luna sigue al río,
no habría noche tan oscura
ni corazón tan vacío…”
A veces se quedaba dormido sobre las piedras del camino, con
la botella a medio lado y una sonrisa leve, soñando tal vez con ese amor que
nunca se supo si le correspondería. Nadie lo vio causar daño ni levantar la voz
con rabia. Era tranquilo como las vacas al amanecer, manso como el agua que
baja del cerro.
Así pasaron los años. Las muchachas crecieron, se casaron,
tuvieron hijos. El camino cambió de polvo a grava, y luego casi a olvido. Pero
él seguía allí, eternamente enamorado de todas y de ninguna, esperando un
“buenas tardes” que sonara distinto, una mirada que se quedara más de lo
debido.
Hasta que un día, simplemente, no volvió.
No se oyó más aquella voz que rompía el silencio del campo
con canciones sentidas. No se vio más su figura recostada bajo las hojas, ni el
sombrero inclinado saludando al atardecer. Algunos dijeron que se fue siguiendo
a un amor tardío; otros, que el monte se lo tragó para guardarlo como parte de
su memoria.
Nadie supo nada.
Solo quedó el recuerdo: el hombre de pantalón azul gastado,
camisa roja ajada, mangas arremangadas y sombrero fiel. El que cantaba versos
mientras caminaba por los senderos del campo. El que vivió su vida en eterno
enamoramiento.
Y en las noches claras, cuando el viento sopla suave entre
las cañas y alguien cree oír una copla lejana, los viejos del lugar se miran en
silencio.
—Es él —dicen bajito—.
El Eterno Enamorado… que todavía anda cantándole al amor por esas veredas sin
final.
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Palkssv | | 2026
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