...Y aconteciò.

 Cierto fin de semana nos internamos en la montaña con familiares y amigos, buscando lo que siempre promete la altura: aire limpio, silencio antiguo y una pausa al ruido del mundo. El camino de tierra se retorcía como una serpiente cansada entre pinos y rocas, y cada curva parecía alejarnos más de la civilización y acercarnos a algo primitivo, casi sagrado. El plan era sencillo y perfecto: pasar la noche allí, dormir bajo un cielo sin luces artificiales y dejarnos abrazar por la naturaleza.

Al llegar, el sol comenzaba a caer y el paisaje se teñía de tonos anaranjados y violetas. Armamos las carpas con risas torpes, mientras el viento jugaba a desordenarnos el cabello y a llevarse frases a medio decir. Pronto encendimos el fogón, y el fuego, como un viejo amigo, reunió los cuerpos en torno suyo. Las llamas bailaban y crepitaban, iluminando los rostros y proyectando sombras largas que parecían moverse por voluntad propia.

Las charlas fluyeron con la misma facilidad que el tequila. Una copa llevó a otra, y otra más, y el calor no solo venía del fuego. Las risas se mezclaban con historias antiguas, recuerdos exagerados y silencios cómodos. Alguien tocó una guitarra desafinada, otro cantó sin saber la letra, y por un momento el tiempo pareció detenerse, suspendido entre el chisporroteo de la leña y el murmullo del bosque.

La noche cayó por completo. La montaña, que de día se mostraba abierta y generosa, comenzó a cerrarse sobre nosotros. Los sonidos cambiaron: crujidos lejanos, ramas que se quebraban sin que nadie las tocara, un ulular indefinible que podía ser viento… o algo más. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sentíamos: la oscuridad allí no era la misma que en la ciudad. Tenía peso.

Fue entonces cuando ocurrió.

Desde un punto retirado, más allá del círculo de luz del fogón, algo se movió. No fue brusco ni ruidoso, sino lento, deliberado. Una sombra que no correspondía a ningún árbol conocido se deslizó entre los troncos. Alguien dejó caer su copa. Otro interrumpió la frase a mitad de palabra. El silencio cayó como un golpe seco.

Allí estaba.

No sabríamos decir cómo apareció. Simplemente estaba, de pie, observándonos desde la penumbra. Una figura humana, o casi humana, inmóvil, demasiado quieta para ser natural. El fuego iluminaba apenas el contorno: un cuerpo alto, delgado, con algo en la postura que helaba la sangre. Nadie se atrevía a preguntar quién era, porque todos sabíamos que ninguno de nosotros se había levantado.

Los cuerpos se nos erizaron al mismo tiempo, como si una corriente invisible nos hubiera atravesado. Sentí un nudo en el estómago y el pulso golpeándome en las sienes. El bosque parecía contener la respiración junto con nosotros.

—¿Hola? —atinó a decir alguien, con una voz que no parecía suya.

La figura no respondió. Dio un paso adelante, y el crujido de las hojas secas sonó demasiado fuerte en el silencio. Entonces el miedo dejó de ser una sensación abstracta y se volvió físico, concreto, animal. El fuego vaciló, como si también dudara.

De pronto, la sombra levantó el rostro, y una ráfaga de viento apagó varias llamas del fogón. Gritos ahogados, movimientos torpes, manos buscando linternas que parecían no funcionar nunca cuando más se las necesita. En ese instante, el terror alcanzó su punto más alto.

Y entonces, una risa.

Una risa conocida, humana, casi ridícula en ese contexto. La figura dio un paso más y entró por completo en la luz. Era uno de los primos, el que había llegado más tarde y decidió “hacer una broma”. Llevaba una chamarra oscura y el rostro sucio de hollín para verse más pálido.

El alivio llegó en oleadas: primero el enojo, luego las carcajadas nerviosas, después los insultos cariñosos. El corazón tardó en volver a su ritmo normal. Sin embargo, algo había cambiado. Aunque la amenaza se había disipado, la montaña ya nos había mostrado su rostro más serio.

Seguimos la noche, pero con miradas más atentas hacia la oscuridad. El fuego se avivó, el tequila se sirvió con menos ligereza, y las historias tomaron un tinte más profundo, más respetuoso. Porque aunque aquella sombra tuvo explicación, todos supimos que no estábamos solos del todo.

La montaña observa. Siempre observa. Y aquella noche, entre risas apagadas y brasas rojas, aprendimos a escucharla.

Por: PalksSV

Post a Comment